París 2015: desafíos
La Conferencia de París sobre el Cambio Climático —conocida
como COP21— ha reunido la enorme cifra de 150 jefes de Estado y de Gobierno, con
la intención de lograr un acuerdo global para reducir las emisiones de gases de
efecto invernadero a un nivel que evite que la temperatura media global aumente
en este siglo a más de 2 °C con respecto a la actual.
Si bien es cierto que nada de lo convenido allí
bastará, por sí solo, para resolver el problema del calentamiento global, un
acuerdo podría señalar un punto de inflexión, el inicio de una forma de
intervención global indispensable para enfrentar la amenaza. Pero las cosas no
son fáciles. La presencia de numerosos mandatarios durante la semana pasada,
dio paso a los ministros y negociadores políticos de los países, encargados de terminar
de alcanzar los acuerdos, pero desde ya se vislumbran al menos dos puntos cuya
discusión persistirá hasta el final e incluso podría no cerrar.
Se trata de los controvertidos temas de quiénes
asumen el costo económico y de la obligatoriedad jurídica del pacto. El primero
de ellos, asociado a las cargas financieras que se asignan a los países
desarrollados en tanto responsables del origen y agudización del calentamiento
global debido a sus emisiones tóxicas durante décadas, lo que les exigiría
asumir mayores responsabilidades en ese punto que los países en vías de
desarrollo. El segundo se refiere al controvertido aspecto de la obligatoriedad
de las naciones de someterse al arbitrio de acuerdos internacionales, lo cual,
por ejemplo, para un país tan importante como Estados Unidos —no sólo por su
hegemonía mundial sino porque es el segundo contaminador— está descartado, lo
que obligaría a aceptar que los acuerdos sean refrendados por leyes nacionales.
Como al momento de escribir este texto la cumbre no
ha concluido, pero además porque no caben dudas de que el logro del acuerdo es
sólo el primer paso, nos centraremos brevemente en el tema de los desafíos a
superar y para ello, muchos problemas tienen que resolverse. Veamos algunos de
los más evidentes: para que éste sea realmente de obligatorio cumplimiento, habría
que definir sanciones para quienes no cumplan sus compromisos, pero además, ¿cuáles
son los criterios para revisar y dar por cumplidos los compromisos?, ¿cuáles
son las reglas para monitorear las emisiones?, ¿están los países en desarrollo en
condiciones de usar adecuadamente los fondos que reciban para hacer frente al
cambio climático? Cada decisión tiene el potencial de llevar a un estancamiento
al tiempo que naciones y alianzas, desde los gigantes económicos hasta los pequeños
países isleños, negocian ejerciendo sus cuotas de poder.
Obligatorios o no, ¿tienen los alrededor de 190 países
la capacidad administrativa, los procesos e instituciones gubernamentales y de
la sociedad civil, como para producir cambios de largo plazo? Las experiencias
más recientes muestran la difícil cohabitación de los objetivos de largo plazo
con las urgencias económicas y los ciclos políticos. Adicionalmente, ¿está la
gente realmente convencida de la necesidad urgente de que cada quien haga su
aporte para enfrentar la amenaza?: a pesar de que ha sido convincentemente
demostrado que la mitigación del cambio climático es, por mucho, la opción más
barata comparada con adaptarse a los impactos, en el mundo entero, los
recurrentes políticos populistas —tanto de derecha como de izquierda— hacen que
la opinión pública se incline con frecuencia hacia el cortoplacismo, sin pensar
en los derechos de las generaciones futuras a vivir en un planeta limpio.
Las respuestas a éstas y a otras muchas inquietudes
tomarán tiempo, pero de ellas dependerá que logremos efectivamente asumir el
más grande desafío de la humanidad: el compromiso global —político, económico y
cultural— de construir juntos el futuro.
Fernando Travieso
Magaly Irady
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